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jueves, 18 de abril de 2013

The Rolling Stones - "Goats Head Soup"


 Editado con algo más de un año de diferencia con respecto al magno "Exile On Main St.", "Goats Head Soup" señala, en cierto modo, el final de una era: Lo que en su anterior elepé era inmediatez e intuición aquí da paso a una producción más aseada y calculada; al country, rythm and blues y gospel que empapaba los surcos de aquel,  le gana terreno el funk y una cierta querencia por las cadencias jamaicanas que con el tiempo no harán otra cosa que ir en aumento. Asimismo, su proceso de creación presenció la deflagración de Jimmy Miller, aquel productor que hiciera equipo con la banda desde los días de "Beggars Banquet".

 Es precisamente la tan laureada trilogía que lo precede (o tetralogía, si nos remontamos al mentado "Beggars Banquet") el factor de juicio que más suele pesar a la hora de juzgar este trabajo así como alguno de los inmediatamente posteriores. Sí, las comparaciones, odiosas y, en ocasiones, innecesarias: Imposible regatear la valía de lo anteriormente facturado; inadmisible, dudar de la calidad intrínseca de la presente obra.

 "Dancing With Mr. D", rock and roll contenido y saturado, cuasi lascivo en su interpretación, abre el album a fuego lento, pero derrochando electricidad. De acuerdo, no es "Brown Sugar", ni mucho menos "Rocks Off", pero cumple su cometido de sobra.

 Tras la apertura, "100 Years Ago", procedente de los días de "Sticky Fingers". Todo evocación y magia ("Mary and I, we would sit upon a gate/Just gazing at some dragon in the sky/What tender says, we had no secrets hid away/Well it seemed about a hundred years ago"), el tema no disimula unas costuras disco que afloran en la parte intermedia, tras un delicioso puente gospel que termina por bordar uno de los highlights objetivos del álbum.

 "Coming Down Again" es, como se venía instaurando en buena parte de sus obras anteriores, el momento consagrado a mayor gloria de Keith Richards. Un piano da paso a un tema reposado, todo corazón, mecido por el savoir faire del guitarrista y culminado mediante la irrupción de los metales en su tramo final.

 Cambio radical de tercio en "Doo Doo Doo Doo Doo (Heartbreaker)", dónde The Rolling Stones se destapaban con lo más marcadamente funky que habían facturado hasta la fecha: riffs entrecortados bien cargados de wah-wah, las teclas de Billy Preston rezumando groove y un bajo zumbón cortesía de Keith, ya que la presencia de Bill Wyman a lo largo del redondo raya en lo testimonial, marcando el comienzo de un paulatino alejamiento de la banda, por espacio de décadas, que ya sabemos en qué acabaría.

 "Angie", al igual que "Time Is On My Side", "Satisfaction" o "Sympathy For The Devil", ha sido otro de esos números stonianos, sino el que más, capaces de penetrar en la cultura popular y alojarse en el imaginario colectivo; vicisitud que, cómo bien sabemos, puede acarrear consecuencias negativas -sobreexposición- a la hora de abordarlos con objetividad. (No tan) velada dedicatoria a Angela Bowie para casi todos, de Keith a su hija según la versión de Mick, nos encontramos ante una bien medida balada de tintes acústicos, algo así como una puesta al día, madurada, de aquella faceta de consumados compositores preciosistas que tanto rédito les dió en los 60's.

 La segunda cara abre retomando el pulso con uno de los rockandrolles más pulidos del redondo, "Silver Train" y volviéndose a encontrar con aquel blues que les dió todo en "Hide Your Love". Ambos cortes, si hubiesen contado con una producción más afilada, haciendo hincapié en lo deslavazado, podrían haber engrosado sin problemas el cancionero de "Exile On Main St."

 "Winter", pródiga en preciosos dibujos guitarreros y secciones de cuerda que nos traen a la memoria lo puesto en práctica en cortes como "Moonlight Mile", da paso a "Can You Hear The Music", que es con mucho la canción más extraña -por lo novedoso en su sonido- de cuántas componen el disco:  Nutrida de influencias jamaicanas (no en vano el album fue grabado en Kingston), abre una senda que con el tiempo ganará en hondura en el cancionero del grupo.

 Finalmente, clausurando el trabajo, "Star Star", número vacilón, ensamblado a la usanza de Chuck Berry y con un Jagger poseído aullando por recuperar los favores de una contumaz cazadora de celebrities, termina por poner un broche de los más marchoso y festivo a un album en el que predominaban con mucho las texturas opuestas.

 No era fácil la posición de "Goats Head Soup", desde luego: La del trabajo notable que sucede a la obra maestra, insuperable por defecto; La buena colección de canciones cuyo recuerdo queda paliado, salvo rara excepción, por el cegador brillo de su producción inmediatamente anterior. Con eso y con todo, y áun haciéndonos cargo de que su contenido no llega al nivel del de sus hermanos mayores, continúa mostrándonos a una banda en un envidiable estadio creativo, capaz de trabajar con una paleta musical cambiante y en constante expansión, reluctante a toda forma de estancamiento sónico y, lo más importante, obteniendo resultados reseñables.

sábado, 19 de febrero de 2011

New York Dolls - "New York Dolls"


 Una de las muchas subdivisiones que podemos aplicar a nuestro mundillo es la que sigue: Hay bandas que hacen Rock And Roll, otras, por contra, son Rock And Roll. Y no creo que sea necesario aclarar a estas alturas del partido a que categoría pertenecen las muñecas de Nueva York.

 Surgidos en la ciudad de los rascacielos a comienzos de los 70's, su sonido era algo así como el punto de encuentro entre el R'n'R primigeneo y negroide de tipos como Chuck Berry y Bo Diddley, el sentimiento poppie y urbanita de grupos como The Ronettes y las Shangri-Las y, cómo no, The Rolling Stones. Y es que si hay una influencia que resultaba evidente en el imaginario de la banda, esa era la de los ingleses: Johannsen y Thunders eran la versión Proto Punk y Post-Detroit (tanto en lo estético cómo en lo musical) de unos Jagger/Richards ya de por sí bastantes desquiciados (cabe recordar que eran los días de la resaca "Exile On Main St.", cristalizada en "Goats Head Soup")

 Pese a tratarse del debut de la banda, los New York Dolls no eran ningunos primerizos, y ya venían de vuelta de conciertos ante audiencias complicadas (Sirvan de sendos ejemplos su debut en un refugio de vagabundos y su labor como teloneros de... Lynyrd Skynyrd!) tours internacionales, como el que les llevó a abrir para Rod Stewart en las islas británicas e incluso vivir la pérdida de uno de sus miembros en circunstancias trágicas, caso de la sobredosis, en ese mismo periplo inglés, de su primer batería, Billy Murcia.

 Para su primer largo, bajo la batuta del mítico Todd Rundgren, las armas a emplear no iban a ser otras que las consabidas: Inmediatez, crudeza y chulería. "Personality Crisis" se encarga de poner las cartas boca arriba, un Rock And Roll enloquecido, salvaje, digno del "Exile..." Stoniano pero con una actitud definitivamente más suburbana, más sucia. "Looking For a Kiss" rezuma contención y en "Vietnamese Baby" saben mostrarse enigmáticos y peligrosos. Si a esas alturas todavía no has caído rendido ante los riffs asesinos de Johnny Thunders y Sylvain Sylvain y la actitud chulesca e histriónica de David Johanssen, dos opciones: a) Sube el volumen, y si ni por esas, b) Háztelo mirar.

 Nos dan tregua con "Lonely Planet Boy", un corte acústico, que no habría desentonado para nada en el "Sticky Fingers" (o en el "Teenage Head" de los Flamin' Groovies, otros que tal bailan) Para retomar el pulso en "Frankenstein", el que quizá sea el corte más experimental del redondo. "Trash" es otra de las cimas indiscutibles de la banda, un pildorazo rebosante de inmediatez, unos coros magistrales y un riff adictivo. Una canción perfecta. Es en "Subway Train" donde dan rienda suelta a la faceta más poppie vía Shangri-Las de las que os hablaba unas líneas más arriba, pasada, eso sí, por un tamiz eminentemente guitarrero y crudo. Ya en la recta del final del álbum nos encontramos con una sólida relectura del "Pills", de Bo Diddley, a la que le sustraen el tono luminoso del original a cambio de un sentimiento cuasi-Punk y "Private World", firmada a pachas con el bajista Arthur "Killer" Kane y con un sonido que nos retrotrae, aún remotamente, al beat de la britsh invasion. A modo de grand finale tenemos uno (otro) de los himnos impepinables de la banda, "Jet Boy", con un riff casi tan mítico como las palmas del comienzo.

 Con una carta de presentación tan avasalladora como la que nos ocupa, ¿Se comieron algo los Dolls? Siendo francos, y hasta generosos, poca cosa. Condenados por su mala estrella y su condición autodestructiva y quién sabe si víctimas de, tal y como afirmaban en su segundo largo, ofrecer Too Much, Too Soon sus andanzas fueron, en este primer periplo, pasto de minorías. Con eso y con todo, "New York Dolls" marca el comienzo (¿o culminación?) de una nueva manera de entender el Rock, tan cruda como glamourosa, así como el inicio de su particular mitología, jalonada de carmín, muertes y electricidad. Y por muchos años.