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domingo, 6 de julio de 2014
The Dictators - "Go Girl Crazy!"
No falta quién da por descontada la paternidad de The Dictators en el entramado del punk rock neoyorquino, sin embargo, me temo, es una de esas verdades templarias del rock and roll que se mantienen ahí por comodidad, porque otro lo ha dicho antes, porque simplifica mucho las cosas y, sobre todo, porque a casi nadie le importa que sea o deje de ser así.
Y no faltan, desde luego, motivos -más de índole nominal que estrictamente musical- para meterlos en ese saco: Surgieron en el mismo caldo de cultivo que formaciones como New York Dolls o los Ramones, se movían en la órbita proto-punk del Max's Kansas City, pisando las mismas tablas que habían visto pasar a Jayne County o la Velvet Underground y hacían gala de una actitud urbanita que en efecto los emparentaba con las huestes de la segunda venida punk, pero la verdad es que The Dictators eran, sobre todo en sus dos primeros redondos, un poderoso combo de rock sin florituras.
Cierto es que, frente al marasmo de grupos de hard rock surgidos a lo largo de la primera mitad de la década, nutridos por el blues y el folk á la Led Zeppelin, los 'Tators manejaban un árbol referencial radicalmente distinto: Pura trash culture preñada de referencias pop, comida rápida, luchadores de wrestling, baseball, televisión hasta altas horas de la madrugada, singles de música surf, conjuntos de la british invasion y el muro de sonido de Phil Spector. Pero, con eso y con todo, "Go Girl Crazy!" es una suerte de artefacto de arena rock suburbano, preñado de flamígeros solos, baterías con cowbell, cortes hímnicos y estribillos de corear puño en alto, con más puntos en común con Blue Oyster Cult que con Ramones.
Lo cual no es óbice para que los de Queens le echaran un ojo al riff inicial del tema de apertura, "The Next Big Thing" y lo transplatasen a su imaginario particular bajo el título de "I Just Wanna Have Something To Do". Una andanada de espesos guitarrazos con madera de himno que daba paso a una colección de cortes matadores,ya fuera en forma de sólidas (¿Y autoparódicas?) declaraciones de intenciones ("Master Race Rock": "We're the members of the master race/Got no style and we got no grace"), despliegues de socarrona chulería ("Two Tub Man"), retablos llenos de júbilo teenager que los presentaban como una suerte de Beach Boys del Bronx (la ingenua épica encerrada en "Weekend"), brillantes ejercicios de power pop qué sonaban a una versión pasada de decibelios de las composiciones del Brill Building ("Teengenerate", con ese punteo inicial que casi trae a la memoria el "Then He Kissed Me"), inesperados flirteos con sonidos jamaicanos (en "Back To Africa") e incluso sátiras sobre las aspiraciones del currito yankee medio, del "regular Joe" de turno en "(I Live For) Cars And Girls".
Entreveradas, un par de versiones que cumplen la función de echar un rápido vistazo a los recovecos de su ADN musical en forma de "I Got You Babe", histriónica relectura del hit de Sonny & Cher que sirve para mostrar sus costuras más pop y el "California Sun" de The Rivieras, una relectura que les sale sencillamente bordada y qué ¡Sorpresa! también sería revisitada por los Ramones en su eximio "Leave Home".
Queda, más allá de las discusiones bizantinas acerca de en qué negociado sónico andaban metidos The Dictators (necesarias hasta un punto, estériles en último término) una cosa clara: Qué nos encontramos ante un debut sobresaliente, una pieza de culto a la qué se le puede colgar sin miedo (si acaso con reparo por la sobreexposición que sufre el término en estos tiempos) la etiqueta de clásico.
sábado, 30 de julio de 2011
Bruce Springsteen & The E Street Band - "Born To Run"
Existen pocos personajes tan denostados cómo Bruce Springsteen. "¿Cóooooooomo?" Habrá exclamado más de uno: Si el tipo llena estadios por doquier, goza de una legión de seguidores que bebe los vientos por él y es considerado, pese a haber empezado una década después que ellos, tan clásico y relevante como un Dylan o unos Stones. Entonces, ¿De qué diablos estoy hablando?
Pues de que basta darse un garbeo por las lides -tangibles o virtuales, tanto da- del rockerío más supuestamente auténtico, ese aborrecible término, para constatar que el de Nueva Jersey no tiene lo que se dice mucho crédito, pese a haber sido, a lo largo de cuatro décadas, una verdadera bestia del Rock and Roll. El porque, para mí un misterio: Qué gente que se dedica a encumbrar verdaderas medianías se ponga exquisita de repente y se tire de los pelos y le hiciera la cruz al Boss a partir de discos cómo "Tunnel Of Love" o "Lucky Town", que le otorguen la vitola de "auténtico", seguimos a vueltas con el adjetivo, a tipos que, honestamente, no le llegan ni al tacón de la bota.... La lista de despropósitos es larga. Que más da que nuestro hombre hilase, en el lapso de cinco años, tres verdaderas obras maestras del género, las que van de éste "Born To Run" al "The River", que se haya mantenido siempre fiel a sí mismo, regalando verdaderos hit singles que lo habrían cubierto de oro y no dudando en grabar verdaderas rodajas de Country Folk maquetero y sombrío contraviniendo lo que todos esperaban de él. Y sobre, todo, que más da que el tipo haga shows de casi cuatro horas a píñón fijo, sin fláccido desarrollos instrumentales, ni forraje. Nada de eso importa al detractor profesional de Springsteen, que, eso sí, no dudará en dedicar chanzas de todo tipo al último songwriter coñazo de turno.
En "Born To Run", se ha dicho mil veces, Bruce pretendía aunar la lírica de Dylan, el dramatismo de Roy Orbison y el wall of sound de Phil Spector. Una fórmula de altura para la que sin duda era su apuesta más ambiciosa hasta la fecha. Cabe recordar que antes de la edición de éste disco Bruce Springsteen era visto cómo poco menos que un trasunto fallido de Bob Dylan, cuyos dos discos de estudio, pese a contener un puñado de clásicos en potencia, habían pasado completamente desapercibidos. Así pues, en éste álbum la suerte estaba echada, y de su acogida dependería, colegimos, la permanencia de nuestro hombre en el negocio de la música.
En cierto modo, el espíritu de "Born To Run", ahí radica su complejidad, es tan musical cómo cinematográfico. Entronca con la pretensión de vindicar el R'n'R más inmediato de antaño, compartida por vecinos cómo The Dictators o los Ramones, pero también lo hace con la obra de, pongamos, un Scorsesse, con sus temáticas preñadas de épica cotidiana y redención callejera, sus luminosos parpadeando en la noche y el recuerdo de un pasado mejor, y seguramente idealizado, sobrevolando la acción. Todo eso y mucho más condensa la canción inicial, "Thunder Road", un tema a flor de piel, entre la autodeclaración de principios ("Well i got this guitar, and i learned how to make it talk") y la pretensión anunciada de huir de esa ciudad "llena de perdedores".
Y es que, pese a que todo el mundo suele citar a su sucesor, "Darkness In The Edge Of Town" cómo el disco en el que Springsteen "perdió la inocencia" y ofreció su primera ración de material con sabor amargo, lo cierto es que "Born To Run" transmite una innegable sensación agridulce, de post-adolescente que se aferra a sus vinilos de los Beach Boys y las Ronettes para afrontar las hechuras de una recién conquistada vida adulta que se le presenta de lo más angosta, de ensoñaciones interrumpidas por la sirena de la fábrica y de romper con todo y huir. Si hay un concepto en el que éste disco abunda, desde su mismo tema-título, es en el de huir.
"Tenth Avenue Freeze-Out" suena a Soul vacilón y patillero, con su genuina sección de viento, apropiada para un tema en el que Springsteen viene a relatar cómo conoció al triste y recientemente desparecido Clarence Clemons, su verdadera mano derecha, con permiso de Little Steven. "Night" rezuma barroquismo con traje rockandroller y da paso a otra de las cimas del redondo, "Backstreets". Otro de esos temas que encaja en el concepto del disco, sobre el choque del idealismo juvenil con el frío cemento de la realidad: Demoledor.
"Born To Run" abunda en el concepto de huir, en pos de un lugar dónde poder vivir, en el sentido más amplio del término, aunque todo apunte a que ese peregrinar no tendrá fin y será un vagar perpetuo. En el plano sonoro, Rock de muchos quilates, repleto de capas de sonido y con la banda funcionando con la precisión de un reloj suizo. "She's The One" descubre la vena más Buddy Holly de nuestro hombre, mientras que "Meeting Across The River" muestra su faceta más preciosista. Como colofón, "Jungleland", epopeya callejera bajo un cartel de Exxon, un corte sencillamente soberbio.
No creo exagerar al decir que el período '75-'80, fue el que aquilató a Bruce Springsteen como artista, intérprete y, lo más revelador, compositor. Con "Born To Run" mostró sus cartas, tras la gesta de "Darkness In The Edge Of Town", resultó invencible y en "The River" no hizo otra cosa que asentar su valía. Sólo por esas tres muestras de poder ya merece su lugar de honor en nuestra historia, pero, afortunadamente, hubo más. Mucho más.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Dr. Feelgood - "Down By The Jetty"
Cuándo en el Londres del '77 saltó la mecha del Punk Rock, o, mejor dicho, cuándo a todos esos jóvenes émulos de Ramones, New York Dolls y The Stooges, convenientemente dirigidos por Malcolm McLaren, les dió por alzar la voz, las cotas de virulencia contra las generaciones musicales anteriores a las que se llegaron no tenían precedentes. Estaban, so bored with the USA, tal y cómo rezaban The Clash, pero no les asqueaba menos el panorama musical en el que les tocó surgir: Led Zeppelin, Elvis o los Stones fueron destinatarios habituales de los dardos de tipos como Johnny Rotten o Joe Strummer. Sin embargo, hubo nombres que, por así decirlo, se salvaron de la quema, caso de Gene Vincent, Neil Young o Alice Cooper, que incluso contaban con la devoción confesa de buena parte de los punk rockers de la época. Dr. Feelgood, pese al clasicismo de su propuesta y a éstar metidos hasta el cuello en el Rythm and Blues pertenecían a la seguna categoría, ¿Por qué?
Creo que se debe a una cuestión de actitud. Ellos ya estaban ahí antes de que estallase la bomba en la capital, facturando Rock and Roll urgente y sin florituras, con sede en los Pubs de una ciudad como Canvey, deprimente enclave industrial donde, a priori, tener una banda de Rock era una fantasía irrealizable. Y así fueron sus comienzos, tributando a John Lee Hooker y Bo Diddley en garitos dónde, en el mejor de los casos, el público estaba compuesto por obreros de la siderurgia borrachos dándose un respiro. Eso, claro está, genera respeto.
Dr. Feelgood no eran ningunos novatos cuando entraron a grabar su primer largo, "Down By The Jetty", ya eran un grupo más que fogueado en el circuito de aquello que, por razones obvias, se dió en llamar Pub Rock. La formación que acudió al estudio fue la primera y más reconocida en la historia de la banda: Sin desmerecer a John B. Sparks y The Big Figure (base rítmica), los pilares sobre los que se sustentaba eran Lee Brilleaux y Wilko Johnson. Voz y guitarra respectivamente, tenían en común ser dos enamorados del Blues, y haberse empapado durante horas de discos de importación de los grandes del género. A los mandos del debut estuvo Vic Maile, famoso más adelante por su trabajo en los primeros álbumes de Motorhead (Significativa conexión entre las dos formaciones británicas que fueron "Punks antes que el Punk")
El disco apuesta por los patrones del Blues y el R&B, pero insuflándoles una inmediatez y una urgencia que los distanciaba del inmovilismo del que suele adolecer el género, llevándolo de paso a otro nivel. Asimismo, su querencia por los minutajes breves los distinguía cual rara avis del Rock que se facturaba en las islas por aquella época: Cabe recordar que eran los años de apogeo de grupos como Pink Floyd o Yes, cuyas propuestas se encontraban en las antípodas de la de nuestros protagonistas.
Abren con "She Does It Right", un corte en el que ya se adivinan las constantes de las que hacía gala la banda, esto es anfetamínico Rythm and Blues aderezado con la chulería cockney que distinguía a Lee Brilleaux y, sobre todo, los speedicos riffs de Wilko Johnson, extraídos a mala leche de esa Telecaster que tocaba sin púa y que sonaba como dos guitarras, siendo una de las marcas de fábrica de la banda. Le guiñan un ojo a John Lee Hooker versionando "Boom, Boom", se sacan un hit incontestable de la manga como es "Roxette" (esa línea de bajo!), recuerdan horrores al primer Bo Diddley en "I Don't Mind", transmiten inocencia teen en "One Weekend" y mantienen el nivel en piezas como "That Ain't The Way To Behave", "Keep It Out Of Sight" o "All Through The City". En la recta final, Wilko ajusta cuentas con Mick Green (guitarra de The Pirates y una de sus mayores influencias) versionando su "Oyeh!" y cierran con una toma en directo de "Bonnie Moronie/Tequila", arropados por una sección de viento y con Lee chapurreando spanglish.
Éste primer episodio encontraría continuación menos de un año después con el no menos recomendable "Malpractice" y se vería coronado con la edición de su live album, "Stupidity", con el que reinaron en los charts de su país. Desgraciadamente, tan meteórico fue su ascenso como su caída, y es que, tras la marcha de Wilko, ya con Lee al timón, la banda no gozó ni de la mitad de éxito y reconocimiento que en esta primera etapa, si bien su compromiso con la música de raíces americana se mantuvo prácticamente intacto a lo largo de toda su trayectoria. Qué Muddy Waters los bendiga.
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